domingo, 21 de febrero de 2016

Juan Ignacio Tudelilla Sanchís, el blasfemo.

Conocido blasfemo nacido en Binéfar en 1833 y muerto en París en 1899, ciudad en la que se refugió hacia 1862. 

Desde muy niño comenzó a practicar la habilidad que tanta fama le reportaría y que marcaría su existencia. Al parecer, se hizo un consumado maestro de la blasfemia, que llevó a las cumbres más altas después de una larga etapa de aprendizaje y ensayos, aunque no existen grabaciones de su voz, a pesar de los intentos efectuados en torno a 1863, cuando ya residía en París, por Édouard-Léon Scott de Martinville para grabarle en su fonoautógrafo, como hizo con otra aragonesa, Leandra Cienfuegos Carrasco. 

Tudelilla Sanchís pronunciaba palabras que significaban locura injuriosa, siempre proferidas contra Dios o sus criaturas, y su repertorio era de una gran variedad, pudiendo clasificarse sus execraciones o blasfemias en las siguientes: las denominadas directas, con las que intentaba formalmente la deshonra de la divinidad; las indirectas, que no llevaban consigo tal intento; las heréticas o contrarias a la fe; las imprecativas, directamente dirigidas a Dios; y las contumeliosas, que eran un desprecio o una indignación contra el Supremo Ser. 

Recogió todo su repertorio en el libro La apostasía como nuevo arte (París, imprenta Legarde, 1888), que es un compendio de barbaridades sin parangón en los anales bibliográficos de Europa y de parte del extranjero, circunstancia por la cual fue perseguido y condenado a multa de dos mil francos, aunque se libró de ir a la cárcel dado el clima anticlerical que se vivía en el París de la época. 

A pesar de todo, el Jefe Superior de la policía del París del Segundo Imperio, Monsieur Apolíneo Le Sénèchal, persiguió enconadamente a Tudelilla Sanchís por el escarnio y la befa contra la religión católica que suponía su libro, que se retiró en 1893 de las librerías y bibliotecas de la localidad. 

Desde entonces, mentes diabólicas y desprovistas de escrúpulos mercadean con los pocos ejemplares que se libraron de la quema, habiendo llegado a pagarse la astronómica cifra de cuarenta y cinco mil pesetas por uno de ellos.



Información obtenida de la web: http://www.antoniocardiel.com/?page_id=4326

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