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domingo, 28 de junio de 2026

La Vuelta Ciclista a Aragón de 1970 en Binéfar

El número 10 de La Voz de Binéfar , correspondiente a junio de 1970 —II Época, cuando dirigía el boletín D. José María Gallart Pardo y lo imprimía la “Zaragoza Deportiva”—, nos regaló un Reportaje Gráfico que hoy rescatamos con especial cariño. En sus páginas, entre anuncios y crónicas de fiestas, quedó congelado el día en que la Vuelta Ciclista a Aragón hizo meta en nuestra villa. Ocho fotografías, un puñado de pies de foto escritos con la prosa florida de la época, y un Binéfar entregado al ciclismo. Vamos a revivirlo.


Una carrera que estrenaba galones

Conviene situarse. La Vuelta a Aragón no era una prueba improvisada: la organizaba el Club Ciclista Iberia, decano del ciclismo aragonés, y hundía sus raíces nada menos que en 1939. Pero 1970 tiene un valor añadido que pocos recuerdan: fue precisamente ese año cuando la ronda aragonesa dio el salto a la categoría profesional. Así que los hombres que aquel verano enfilaron las calles de Binéfar no eran corredores de domingo, sino profesionales de oficio, varios de ellos rostros muy conocidos del gran ciclismo español. Para un pueblo como el nuestro, recibir a semejante caravana era todo un acontecimiento.

Y Binéfar, como siempre, estuvo a la altura. Lo resumía con orgullo el propio boletín: “Binéfar recibió a la Vuelta a lo grande. Como siempre la afición respondió a las mil maravillas y el aspecto que ofrecía nuestra villa era el de las más grandes solemnidades.” No era exageración. La pancarta de la meta, patrocinada por las populares Cervezas La Zaragozana, cruzaba la calle de lado a lado, y a ambas aceras se agolpaban los vecinos para no perderse la llegada.

Un corredor afronta los últimos metros bajo la pancarta de meta de Cervezas La Zaragozana. La calle, abarrotada de público.
Un corredor afronta los últimos metros bajo la pancarta de meta de Cervezas La Zaragozana. La calle, abarrotada de público.


Cabecera de La Voz de Binéfar, nº 10, junio de 1970 (II Época). Precio: 5 pesetas.
Cabecera de La Voz de Binéfar, nº 10, junio de 1970 (II Época). Precio: 5 pesetas.

La crono Monzón–Binéfar

La etapa que tuvo a Binéfar como protagonista fue una contrarreloj individual entre Monzón y Binéfar, esos poco menos de veinte kilómetros que separan a las dos localidades de comarcas vecinas. La modalidad contra el reloj es la más cruda y honesta del ciclismo: cada corredor solo, sin compañeros que le protejan del viento, peleando únicamente contra el cronómetro. Y en esa lucha solitaria se decidió, además de la etapa, el destino de toda la carrera.

Porque el ganador de aquel día sería también el vencedor absoluto de la Vuelta a Aragón. El pie de foto del momento estelar no deja lugar a dudas: “El Sr. Alcalde de Binéfar, D. José Lacort Muzás, impone a Santamarina el maillot amarillo, tras su triunfo en la etapa Monzón-Binéfar contra Reloj. El prestado jersey ya no cambiaría de dueño y Santamarina sería absoluto vencedor de la Vuelta a Aragón 1970.” Qué bonito detalle que fuera el propio alcalde binefarense quien colocara el oro sobre los hombros del campeón, en el corazón mismo del pueblo.

El alcalde D. José Lacort Muzás impone el maillot amarillo a Santamarina tras la crono Monzón–Binéfar.
El alcalde D. José Lacort Muzás impone el maillot amarillo a Santamarina tras la crono Monzón–Binéfar.

Santamarina, un campeón en Binéfar

El protagonista de la jornada fue Luis Pedro Santamarina, del equipo Werner. Y no era, ni mucho menos, un desconocido. Nacido en Gallarta (Vizcaya) en 1942, Santamarina había llegado a vestir la camiseta olímpica en los Juegos de Tokio de 1964, se había proclamado Campeón de España de fondo en carretera en 1967 y, en ese mismo 1970, sumaría también el título de Campeón del País Vasco. A lo largo de su carrera ganaría etapas en la Vuelta a España y en el Giro de Italia, y correría el Tour de Francia. Todo un señor corredor que dejó su firma en las calles de nuestra villa.

El boletín recogió su momento más entrañable: “Santamarina, vencedor en Binéfar, recibe el tradicional ramo de flores y el beso de la Srta. Mari-Vi Cazo Ibarz, Reina de las Fiestas 1969.” Ese cruce entre el deporte y la fiesta —el corredor sudoroso, la reina de las fiestas, el ramo de flores— es puro Binéfar de los setenta, y resume mejor que cualquier crónica el papel que jugaba el ciclismo en la vida social del pueblo.

Santamarina recibe el ramo y el beso de la Srta. MariVi Cazo Ibarz, Reina de las Fiestas 1969.
Santamarina recibe el ramo y el beso de la Srta. MariVi Cazo Ibarz, Reina de las Fiestas 1969.

Y junto a la reina, todo un “ramillete” de señoritas esperaba a los corredores en la tribuna. El cronista, con su habitual sentido del humor, no pudo resistirse a la broma: “[Si l]os corredores hubiesen sabido que este precioso ‘ramillete’ de bellas señoritas estaban esperando, seguro que el promedio de la etapa hubiese sido mucho más [alto]”. Pequeños guiños de una prensa local que hoy resultan fuera de lugar.

El “ramillete” de señoritas que aguardaba a los corredores en la tribuna de meta.
El “ramillete” de señoritas que aguardaba a los corredores en la tribuna de meta.


Los hermanos Manzaneque: un apellido legendario

Si hay un apellido grande en aquella Vuelta, ese es Manzaneque. La segunda plaza de la etapa —y de la clasificación general— fue para Jesús Manzaneque, compañero de equipo de Santamarina en el Werner y uno de los mejores escaladores españoles de su generación, que años después ganaría la propia Vuelta a Aragón en 1969 y 1973. Pero el día de Binéfar protagonizó una anécdota muy de la época: cuando llegó el momento de recoger los premios, no había forma de encontrarlo.

Acudió al rescate su hermano, Fernando Manzaneque, otra leyenda del ciclismo nacional reconvertido en director deportivo. Lo explicaba el boletín en dos pies de foto: “Manzaneque, que fuera figura del Ciclismo nacional y hoy Director del equipo triunfador en la Vuelta, el Werner”; y, más abajo, “Fernando Manzaneque recibe los premios en nombre de su hermano, que fuera 2.º en la etapa y al que fue imposible localizar.” Una imagen que habla de aquel ciclismo familiar, casi artesanal, en el que un hermano recogía la copa por el otro mientras el equipo entero celebraba el doblete.

Fernando Manzaneque, antigua figura del ciclismo nacional y, en 1970, director del Werner, el equipo triunfador.
Fernando Manzaneque, antigua figura del ciclismo nacional y, en 1970, director del Werner, el equipo triunfador.

Fernando recoge los premios en nombre de su hermano Jesús, segundo de la etapa. Al fondo, el casco con la marca “ARPY”.
Fernando recoge los premios en nombre de su hermano Jesús, segundo de la etapa. Al fondo, el casco con la marca “ARPY”.

Las estrellas que no brillaron

Toda gran carrera tiene también sus decepciones, y el cronista binefarense no se mordió la lengua. Dos nombres muy esperados pasaron por Binéfar sin el lucimiento que el público aguardaba. El primero, Agustín Tamames, que venía de ser una de las grandes figuras de la última Vuelta a España —la de 1970, ganada por Luis Ocaña, en la que Tamames se había llevado el Premio de la Montaña—. En Aragón salió como gran favorito, pero, según el boletín, “se tuvo que conformar con un discreto 12.º lugar”. Eso sí, se desquitó coronando montañas: fue “indiscutiblemente ganador del Premio de la Montaña” también aquí.

Tamames, gran favorito, hubo de conformarse con un discreto 12.º puesto. Se llevó, eso sí, el Premio de la Montaña.
Tamames, gran favorito, hubo de conformarse con un discreto 12.º puesto. Se llevó, eso sí, el Premio de la Montaña.


El segundo decepcionado fue Antonio Gómez del Moral, corredor del mítico equipo KAS. El boletín fue tajante: “Gómez del Moral, otra de las ‘estrellas’ que no brilló con la fuerza que todos esperaban. Su actuación en la Vuelta no pasó de discretísima.” Son esos juicios francos, casi de café de pueblo, los que dan tanto sabor a la prensa local de antaño.

Gómez del Moral, del KAS, otra de las estrellas cuya actuación “no pasó de discretísima”.
Gómez del Moral, del KAS, otra de las estrellas cuya actuación “no pasó de discretísima”.

Un instante que merece la memoria

Más de medio siglo después, estas fotografías valen su peso en oro. No solo porque retratan a campeones de talla nacional pedaleando por nuestras calles, sino porque nos devuelven una imagen viva de cómo era el Binéfar de 1970: una villa volcada con el deporte, con su alcalde imponiendo maillots, sus reinas de fiestas repartiendo besos y ramos, sus aceras llenas de hombres con boina y mujeres de domingo. El ciclismo, aquí, nunca fue ajeno: ya hablamos en otra entrada de los aficionados, del Club de Ciclismo y de la tradicional carrera de fiestas. Lo de 1970 fue, sencillamente, el día en que el gran ciclismo vino a visitarnos.

Cuesta no imaginar el ambiente: el zumbido de las bicicletas, los aplausos al paso del corredor solitario, el calor de junio sobre el asfalto y el orgullo de un pueblo que, una vez más, supo recibir “a lo grande”. Gracias a la cámara anónima de La Voz de Binéfar y a su director, José María Gallart Pardo, podemos hoy asomarnos a aquella tarde como si volviéramos a estar allí, entre la multitud, esperando ver quién cruzaba primero la meta de La Zaragozana.

¿Reconoces a alguien entre el público de las fotografías? ¿Recuerdas aquel día, o te lo contaron tus mayores? Déjanos tu comentario; entre todos completamos la memoria de Binéfar. Y recuerda: compartir es vivir, también en redes sociales.

Fuentes



domingo, 21 de junio de 2026

Jesús ante Caifás: la grisalla de Peliguet del retablo perdido de San Pedro

De cuanto adornó en otro tiempo el altar mayor de Binéfar apenas nos queda esto: una vieja placa de cristal de 13 por 18 centímetros. Sobre ella, en grises de plata, sobrevive una escena de la Pasión que el fuego de 1936 borró del mundo. La cámara de un fotógrafo cojo y tenaz fue lo único que la salvó del olvido.

Un retablo digno de un rey

La antigua iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, cuyo cuerpo gótico comenzó a levantarse hacia 1462, fue durante siglos el corazón artístico de Binéfar. Su altar mayor lo presidía un retablo de gran empeño: la parte escultórica, con una imagen de San Pedro—quizá en alabastro—, se atribuye al taller del gran Damián Forment, el escultor que firmó los retablos del Pilar de Zaragoza, de Poblet o de Santo Domingo de la Calzada. En las alas laterales, una docena de pinturas narraba la vida del apóstol.

Aquel conjunto se cerraba con dos grandes puertas pintadas en claroscuro que se desplegaban para velar el altar durante los días de Semana Santa. Esa costumbre —ocultar el retablo policromado tras imágenes austeras y monocromas en el tiempo penitencial— era habitual en los grandes retablos aragoneses del Quinientos, como ocurría en San Pablo de Zaragoza. Y a esas puertas, o a paneles emparentados con ellas, pertenece la grisalla que hoy comentamos. 

 

Juan Mora Insa - Binéfar
Tabla a grisalla, estilo Renacimiento, atribuida a Tomás Peliguet. Fotografía de Juan Mora Insa (1905–1954).
Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, sig. ES/AHPZ - MF/MORA/002961 · Portal DARA, Gobierno de Aragón.

 

Tomás Peliguet, un italiano en Aragón

La fuente del Archivo Mora atribuye la tabla, sin más, a «Peliguet». Se trata de Tomás Peliguet (o Peligret), pintor de origen italiano formado en el círculo romano que asimiló las novedades de Rafael y, sobre todo, de Miguel Ángel. Documentado en Aragón entre 1538 y 1579, se le considera, junto al zaragozano Jerónimo Cósida, uno de los introductores del pleno Renacimiento en la pintura de la región. Trabajó en San Miguel de los Navarros y la Magdalena de Zaragoza, en Fuentes de Ebro, en la catedral y en San Pedro el Viejo de Huesca, y colaboró con Pietro Morone en la Cartuja de Aula Dei.

Sus obras conservadas son escasísimas —ya en el siglo XVII Jusepe Martínez lamentaba que apenas pudieran verse—, lo que convierte cada testimonio suyo en un documento precioso. Su estilo se reconoce por el vigor anatómico de raíz miguelangelesca, la teatralidad de los gestos y un dominio de la perspectiva que el propio Martínez elogió. En Binéfar la tradición le adjudica dos composiciones, datadas hacia 1540: Jesús ante Caifás y un Martirio de dos santos.

La grisalla: pintar como quien esculpe

La grisalla (del francés grisaille) es una pintura ejecutada en una sola gama de grises, a veces con leves toques pardos. No es una limitación, sino una elección deliberada: imitando la piedra o el bronce, la grisalla finge ser escultura. El pintor renuncia al color para concentrarlo todo en el modelado, en ese juego de luces y sombras —el claroscuro— que da a las figuras una presencia casi pétrea, como si fueran relieves desprendidos de un sepulcro.

Su sentido era además litúrgico. Estas escenas en blanco y negro se mostraban precisamente en Cuaresma y Semana Santa, cuando la Iglesia desnuda sus altares y rebaja el esplendor del color. El despojamiento cromático se convertía así en imagen de luto y penitencia: la mirada del fiel, privada del oro y de la policromía, quedaba abocada a la meditación sobrio de la Pasión. La grisalla de Binéfar funcionaba, pues, como un gran «monumento» visual del tiempo santo.

Iconografía: el interrogatorio del Sumo Sacerdote

La escena representa uno de los momentos del proceso a Jesús que narran los Evangelios: Cristo ante Caifás, sumo sacerdote del Sanedrín, durante la noche del prendimiento. Leamos la composición. En el centro, Jesús, sereno, nimbado y con las manos posiblemente atadas, se yergue como eje moral de toda la tabla; su quietud contrasta con la agitación que lo rodea. A su izquierda, un sayón o esbirro lo sujeta y empuja con violencia—la fuerza bruta del poder terreno—. A la derecha, sentado y tocado con un alto bonete ceremonial, preside el sumo sacerdote, rodeado del cónclave de ancianos y doctores que lo juzgan.

El sentido teológico es nítido. Frente al tribunal humano que lo condena —la asamblea de jueces, mitras y barbas—, el reo silencioso es, para el creyente, el verdadero Juez del mundo. La iconografía juega con esa inversión: el acusado es el inocente; los que dictan sentencia, los culpables. La gesticulación de los sacerdotes, sus rostros crispados, subrayan la ceguera del poder ante la mansedumbre de Cristo. Es la antesala visual de la Crucifixión, el primero de los escalones de la Pasión que estas puertas desplegaban ante el pueblo en los días grandes del año.

Estilísticamente, la robustez de los cuerpos, el repertorio de tipos —ancianos de anatomía poderosa, escorzos, mantos de pliegues densos— y el modo de disponer las figuras en friso, casi como esculturas en sus nichos, encajan de lleno con lo que sabemos de Peliguet y con la huella de Miguel Ángel que él trajo a tierras del Ebro y del Cinca.

Felipe II y el enigma de las puertas

Ninguna historia binefarense que se precie omite el célebre episodio: en 1585, a causa de una epidemia en Monzón, las Cortes de Aragón se trasladaron y concluyeron en San Pedro de Binéfar, presididas por Felipe II. Cuenta la tradición —recogida por Benito Coll Altabás y por Ricardo del Arco— que el monarca quedó tan prendado de las puertas pintadas del altar que ordenó llevarlas al monasterio de El Escorial, sustituyéndolas por otras de menor valor. Curiosamente, en El Escorial no ha quedado constancia documental de ellas.

Una cuestión abierta. Algunas fuentes locales atribuyen a Peliguet las puertas de sustitución posteriores a 1585, con escenas de la Resurrección y la Ascensión. Pero la cronología no cuadra: Peliguet había muerto hacia 1578–1579. Lo más verosímil es que sus grisallas —Jesús ante Caifás y el Martirio— correspondan a la campaña de hacia 1540 y a las puertas o tableros originales del retablo. La fotografía de Mora Insa documenta, en cualquier caso, una de aquellas tablas tal como se conservaba antes de 1936.

Juan Mora Insa, el fotógrafo que salvó la memoria

Que hoy podamos contemplar esta obra desaparecida se lo debemos a Juan Mora Insa (Escatrón, 1880 – Zaragoza, 1954). Formado en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza y en el estudio de Ignacio Coyne, perfeccionó su oficio en París antes de regresar a Aragón. Allí emprendió por su cuenta una empresa colosal: el Archivo de Arte Aragonés, un inventario fotográfico sistemático del patrimonio arquitectónico y escultórico de las tres provincias. Pese a haber perdido una pierna en la infancia, recorrió en bicicleta pueblos y comarcas para retratar aquello que merecía ser recordado.

Tras la Guerra Civil se le encargó recorrer Aragón y Navarra para constatar el estado de las obras de arte —muchas, como la de Binéfar, ya perdidas—. Su legado supera las 5.600 fotografías, en su mayoría sobre placas de vidrio de 13×18 cm, hoy propiedad del Gobierno de Aragón y libremente accesibles a través del portal DARA. Gracias a su mirada paciente, una grisalla del Renacimiento que ardió hace casi noventa años sigue, de algún modo, mirándonos a nosotros.

Cada vez que rescatamos una de estas imágenes recordamos lo mucho que Binéfar perdió y lo poco que habría sobrevivido sin archivos como este. La placa MF/MORA/002961 no es solo un documento: es la última ventana abierta sobre un retablo que admiró a un rey. 

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Fuentes: DARA – Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Fondo fotográfico Juan Mora Insa (sig. ES/AHPZ - MF/MORA/002961). Parroquia de San Pedro de Binéfar (parroquiabinefar.org). Adell Castán, J. A., Binéfar: tradición y modernidad. V. Espá Lasaosa, Juan Mora Insa (1880–1954), tesis doctoral, Universidad de Zaragoza, 2000. C. Morte García (dir.), El esplendor del Renacimiento en Aragón, 2009. Gran Enciclopedia Aragonesa, voz «Peliguet, Tomás».

Imagen: Juan Mora Insa, Archivo Histórico Provincial de Zaragoza / Gobierno de Aragón (CC BY-NC-SA 4.0).

 

 


domingo, 14 de junio de 2026

La biblioteca pública de Binéfar en 1963

Las tres imágenes que traemos hoy son tres rincones de la biblioteca pública de Binéfar en 1963, conservadas en el Archivo DARA. Y, sin embargo, dicen mucho a quien sepa mirar.

Lo que se ve en las imágenes

En la primera fotografía domina la gran mesa de lectura, alargada y reluciente, rodeada de sillas de madera. Al fondo, varias estanterías metálicas repletas de libros cubren la pared; a la izquierda, lo que parecen montones de periódicos o revistas encuadernadas aguardan su turno en los anaqueles bajos. Una puerta acristalada da paso a otra sala.

biblioteca pública de Binéfar en 1963

 

Una sala de lectura de pueblo

La segunda imagen nos descubre más detalles del ambiente: una ventana con contraventana de librillo, una lámpara colgando del techo, un perchero de pie, un radiador bajo el ventanal y, sobre la pared, un tablón con recortes y fotografías clavadas, además de un cuadro enmarcado. A un lado, un mueble que bien pudiera ser la mesa del bibliotecario, quizá con su fichero. Todo respira el orden tranquilo de las bibliotecas de entonces.

biblioteca pública de Binéfar en 1963

 

Estanterías llenas de historia

La tercera fotografía se centra en las baldas: hileras de tomos encuadernados —se adivinan colecciones y enciclopedias— y, de nuevo, la mesa corrida en primer plano, las contraventanas cerradas y un pequeño velador con un objeto encima. Por más que afinemos la vista, los títulos resultan casi ilegibles; apenas se intuye algún lomo. Y ahí es donde entra en juego vuestra memoria.

biblioteca pública de Binéfar en 1963

 

¿Tienes recuerdos de esta biblioteca?

Aquí es donde os necesitamos. Estas tres imágenes plantean más preguntas que respuestas, y seguro que muchos lectores guardáis recuerdos de aquella sala:

  • ¿Dónde estaba situada esta biblioteca en 1963? ¿En qué edificio, en qué calle?
  • ¿Quién era el bibliotecario o la bibliotecaria que la atendía por aquellos años?
  • ¿Pasasteis allí tardes estudiando, leyendo o preparando exámenes?
  • ¿Recordáis cómo se pedían los libros, qué se leía o qué ambiente había?

Cualquier recuerdo, por pequeño que parezca, ayuda a reconstruir la historia de un lugar tan importante para varias generaciones de binefarenses. Os animamos a dejar vuestros comentarios al pie de la entrada o a compartirlos por redes sociales.

Sobre las fotografías

Las tres imágenes proceden del fondo digitalizado del Archivo DARA (Documentos y Archivos de Aragón), de libre consulta. Sus datos de catalogación son:

  • Productor: Centro Coordinador de Bibliotecas de Huesca
  • Fecha: 1963
  • Signaturas: ES/AHPHU - C/000034/0076, ES/AHPHU - C/000034/0077 y ES/AHPHU - C/000034/0078
  • Descripción física: 1 fotografía horizontal, 9 x 14 cm, papel fotográfico, blanco y negro, bien conservada

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Tres ventanas en blanco y negro a una sala donde Binéfar aprendió a leer. Ayudadnos a ponerle nombres, fechas y recuerdos.

 Y los binefarenses responden:

vente pal archivo y te contesto a todo…. !!!!!! y además te lo documento. Primera bibliotecaria, ubicaciones, libros registro, inauguraciones……. la Biblioteca Municipal tiene un gran pasado que bien vale la pena dar a conocer!
La Carquiñola era la bibliotecaria.
Yo iba de vez en cuando a leer y a coger prestados libros.
Quiero recordar que tenían pegado alguna pestaña de papel donde se anotaba los que disponían del libro y las fechas

Creo que en los bajos del ayuntamiento viejo, en una sala en el fondo, al lado del juzgado. De bibliotecaria sólo recuerdo a Josefina Ara, "La Carquiñola"
 
A finales de los 60, primeros 70 y creo que hasta su demolición estaba situada en los bajos del ayuntamiento, en la parte puesta a la avenida del pilar.
La bibliotecaria era Josefina Ara.
Tenía una o dos mesas amplias donde podías leer los libros allí mismo si no te los podías llevar a casa.
El préstamo era sencillo: si eras socio (no recuerdo si había que pagar cuota o simplemente darte de alta) cogias el libro de la estantería, lo lllevabas a la mesa de Josefina y allí te anotaba el libro y estampaba una fecha de devolución en una hoja pegada en la primera página del libro.
En ocasiones (era pequeño) me decía "este es para más mayores" y no me lo dejaba llevar.
 
En los bajos del Ayuntamiento!!

La primera bibliotecaria fue Sara Chimeno la Madre de Mari Carmen Pérez  estaba en los bajos del ayuntamiento

 

 

domingo, 7 de junio de 2026

Las alfombras florales del Corpus Christi en Binéfar

Cada año, con la llegada de la solemnidad del Corpus Christi, el corazón urbano de Binéfar experimenta una metamorfosis asombrosa. Sus calles y plazas se transforman temporalmente en un tapiz vivo donde confluyen el color, el aroma y un profundo sentido simbólico. Las alfombras florales que engalanan enclaves tan emblemáticos como la Plaza de España y la Plaza de la Litera constituyen una de las tradiciones más singulares, estéticas y queridas de la villa: una genuina manifestación de arte efímero que fusiona la fe, el patrimonio cultural y la participación comunitaria.

Siete décadas tejiendo tradición sobre el asfalto

Esta costumbre cuenta ya con una dilatada y rica trayectoria histórica en la localidad. De acuerdo con las investigaciones y la documentación recopilada a nivel local, la primera alfombra floral documentada en Binéfar se confeccionó en el año 1955, alcanzando en 2025 la simbólica e importante cifra de su setenta aniversario.

Nacida originalmente en el entorno parroquial, la iniciativa ha logrado mantenerse intacta generación tras generación. Este hito ha sido posible gracias al compromiso inquebrantable de voluntarios, familias unidas y diversos colectivos vinculados a la Parroquia de San Pedro Apóstol, quienes custodian este legado año tras año.

Las instantáneas históricas que se conservan en el archivo de este blog —entre las que destacan las correspondientes a la celebración de 1958— demuestran de forma fehaciente que la tradición ya gozaba de un arraigo absoluto apenas tres años después de su debut. 

Aquellas composiciones pioneras exhibían diseños de clara inspiración eucarística. Y aunque se ejecutaban con recursos materiales notablemente más modestos que los actuales, compartían idéntico propósito: engalanar con la máxima dignidad el paso del Santísimo Sacramento durante la solemne procesión.

Un lenguaje de fe hecho flor y hojas

Desde la Parroquia de Binéfar se recuerda de forma constante que el verdadero significado de estas obras trasciende lo puramente ornamental o plástico. Su fin primordial es el de "engalanar las calles y plazas al paso del Santísimo", convirtiendo los elementos de la naturaleza y las paletas cromáticas en una manifestación pública de fe, respeto y acogida comunitaria.

Para lograrlo, la iconografía utilizada sigue un cuidado patrón visual. Los diseños acostumbran a integrar símbolos nítidamente eucarísticos como cáliz, espigas de trigo y racimos de uvas, entrelazados con motivos geométricos y alegorías ligadas a los sacramentos y el sentir cristiano.

A diferencia de otras localidades que han incorporado serrines teñidos o materiales sintéticos, uno de los rasgos de identidad más puros y distintivos de las alfombras binefarenses es su fidelidad histórica a las materias primas naturales. Las piezas se elaboran a base de millones de pétalos de flores frescas y fondos vegetales compuestos por hojas de hiedra y chopo, dispuestas minuciosamente a mano sobre el pavimento. El resultado es un arte efímero en su sentido más estricto: obras de gran envergadura visual destinadas a desvanecerse pocas horas después de nacer, justo en el instante en que la comitiva procesional recorre su trazado.

Alfombra Corpus Christi  Binéfar
Alfombra diseño de José María Gallar (1997) en lateral Plaza España

 

Nombres propios en el recuerdo.

La fotografía tomada en la Plaza de la Litera durante el Corpus de 1999, es un testimonio perfecto de la monumental escala y la sofisticación que ya atesoraban estas creaciones a las puertas del siglo XXI. En ella se observa una gran alfombra central flanqueada por cenefas perimetrales de extraordinario detallismo botánico. Dicha imagen atesora además un valor especial al portar la firma de Juan de Pano, un nombre indispensable y estrechamente ligado al diseño y coordinación de estos mantos florales durante las últimas décadas.

Precisamente, la figura de Juan de Pano ha resultado medular a la hora de proteger, poner en valor y rescatar la memoria histórica de esta tradición local. En los últimos años, su impulso ha permitido la recuperación de plantillas y bocetos históricos del patrimonio binefarense. Entre estos rescates destaca la reproducción fidedigna de algunas de las primeras alfombras creadas en la villa por José María Cristóbal Toyas, considerado unánimemente uno de los grandes pioneros de esta expresión artística en Binéfar.

Alfombra Binéfar flores

Un patrimonio inmaterial que se transmite en el presente

En la actualidad, las alfombras del Corpus Christi continúan alzándose como uno de los máximos exponentes del patrimonio cultural inmaterial de Binéfar. Más allá de su innegable dimensión espiritual, representan un espejo del esfuerzo vecinal, el trabajo en común durante madrugadas enteras y el relevo intergeneracional de un pueblo que se niega a perder sus raíces.

Tal y como atestiguan las imágenes de 1958, 1997 y 1999 que compartimos en este espacio, la estética, las dimensiones y las técnicas han evolucionado al compás de los tiempos, pero el núcleo espiritual de los vecinos permanece inalterable: transformar, aunque solo sea por un destello de horas, las plazas de Binéfar en un tapiz natural al servicio de su historia compartida.

En esta fotografía podemos ver la Plaza la Litera en su antigua configuración. Destacan el niño mirando la alfombra de flores y los balcones de la Fonda Prontito.


Alfombra Corpus Binéfar

 

Las alfombras florales del Corpus Christi en Binéfar 

Las alfombras florales del Corpus Christi en Binéfar
Lunes, 23 de junio de 2014

 

Las alfombras florales del Corpus Christi en Binéfar
Diario del AltoAragón - Martes, 7 de junio de 2005

 

Las alfombras florales del Corpus Christi en Binéfar
Diario del AltoAragón - Lunes, 19 de junio de 2006

 

Fuentes consultadas:

  • Parroquia de San Pedro Apóstol de Binéfar: Grupo de Alfombras del Corpus Christi.
  • Ayuntamiento de Binéfar. Tradiciones y fiestas locales.
  • Cadena SER Aragón Oriental. "Binéfar celebra sus alfombras florales del Corpus Christi".
  • Archivo fotográfico e histórico de debinefar.blogspot.com
  • Hemeroteca Diario del Altoaragón 

 

domingo, 31 de mayo de 2026

La Balsa Vieja o Balsa de Arriba en 1922

Hay fotografías que son, en realidad, una máquina del tiempo. Esta de 1922 lo es. Donde hoy los chavales cruzan camino del instituto, donde se sientan los abuelos a la sombra y donde Pepe Beltrán plantó su Alfiler, hace poco más de un siglo se extendía una lámina de agua quieta bajo el cielo literano. Era la Balsa de Arriba, y durante generaciones fue una de las dos despensas de agua de Binéfar.

Dos balsas para un pueblo sediento

El agua siempre fue la gran obsesión de esta tierra de secano. Para suplir un pozo que nunca bastaba, en 1770 se levantó un depósito que recogía el agua de lluvia: la llamada «Balsa Nueva», que con el tiempo quedó como Balsa de Abajo, en la actual Plaza de España. Contaban los mayores que aquella agua no servía para beber porque salía «molla», blanda. Ya en el siglo siguiente, en pleno XIX, se construyó su hermana mayor: la Balsa de Arriba, en lo que hoy es la plaza de Hipólito Bitrián, la que todo el mundo conoce, sin más, como la plaza del Instituto.

Aquella balsa tenía además otro nombre de raíz bien literana: la balsa de la Clamor, por el cauce que la alimentaba. Un nombre que hoy suena lejano, pero que recuerda que el pueblo vivía pendiente de cada gota que el cielo y las acequias quisieran regalarle. 

Balsa Vieja Binefar
Balsa Vieja Binefar. Fuente DARA

 

Del barro al regadío

El problema del agua no era solo de Binéfar, sino de toda La Litera. Ya en 1782 el ayuntamiento de Tamarite había pedido al rey un canal que aliviara las sequías. Aquel sueño tardó más de un siglo en cumplirse: el Canal de Aragón y Cataluña no se inauguró hasta el 2 de marzo de 1906, de la mano de Alfonso XIII. Con él llegó la prosperidad del regadío, y poco después, hacia 1910, el alumbrado y el agua potable. Las viejas balsas empezaban a sobrar.

El día que se cubrió el agua

La Balsa de Abajo se cegó primero, ya sin uso. La de Arriba resistió un poco más: cuando se tomó esta fotografía, en 1922, todavía reflejaba el cielo. Pero su destino estaba escrito. En 1950 se cubrió definitivamente, y aquel espejo de agua se convirtió en suelo firme, en plaza, en lugar de paso. El agua que durante siglo y medio había dado de beber a Binéfar desapareció bajo nuestros pies sin apenas un adiós. 

Balsa de Arriba Binéfar
Balsa de Arriba Binéfar

 

Y donde hubo agua, hubo escuela

Quince años después, en 1965, sobre aquel solar arrancó la construcción del nuevo Instituto de Enseñanzas Medias —el germen del actual IES Sierra de San Quílez—, que amplió las posibilidades de estudio de los más jóvenes. De ahí, sin que nadie lo decretara, le nació a la plaza su nombre popular: la plaza del Instituto. El lugar que había saciado la sed del cuerpo pasaba a saciar la del saber.

Un maestro que plantó un bosque

El nombre oficial de la plaza honra a Don Hipólito Bitrián Lera, maestro del colegio Víctor Mendoza y alma de una de las hazañas más hermosas de nuestra historia reciente. A mediados de los años cincuenta, con la Sierra de San Quílez pelada por siglos de pastoreo y leña, fue él quien lideró la primera repoblación, plantando pino carrasco junto a la ermita con la ayuda de sus propios alumnos. De aquella iniciativa nació el Coto Escolar y, con los años, el pinar que hoy corona la sierra. Binéfar le rindió homenaje en mayo de 1987, y le puso su nombre, con justicia, a esta plaza.

No deja de tener su poesía: la plaza del agua y de la escuela lleva el nombre del maestro que convirtió un monte desnudo en un bosque. Y la preside El Alfiler, una de las esculturas que el inolvidable Pepe Beltrán dejó por el pueblo. Agua, infancia, árboles y arte, todo en un mismo rectángulo de tierra.

Mirar la plaza con otros ojos

La próxima vez que cruces la plaza Hipólito Bitrián, detente un segundo. Bajo el asfalto y los bancos sigue durmiendo la memoria de un agua que dio vida a Binéfar cuando todo era más difícil. Esta fotografía de 1922 es lo único que nos queda de aquel espejo. Cuidémosla, porque es, literalmente, una ventana al fondo de nuestra propia sed. 


 

Para seguir leyendo en el blog

Fuentes: historia oficial del Ayuntamiento de Binéfar, basada en la obra Binéfar, tradición y modernidad, de José Antonio Adell Castán; archivo del blog Debinéfar.

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 Estas son las fuentes :

Fuente principal (datos históricos)

  • Historia – Ayuntamiento de Binéfar 

  • Ecosistemas – Ayuntamiento de Binéfar 
  • El Blog de Santiago Noguero
  •  Plaza Hipólito Bitrian o Plaza el Institutodebinefar.blogspot.com/2021/09/plaza-hipolito-bitrian-o-plaza-el.html
  • La balsa de arriba de Binéfardebinefar.blogspot.com/2016/11/la-balsa-de-arriba-de-binefar.html
  • La balsa de la Clamor o balsa de arribadebinefar.blogspot.com/2020/05/la-balsa-de-la-clamor-o-balsa-de-arriba.html
  • Paroquia de Binéfar, artículo sobre la Cruz de término (parroquiabinefar.org/cruz-termino): atribuye a José Beltrán Boíl («Pepe-Beltrán») la escultura "El Alfiler" de la plaza Hipólito Bitrián.
  • Fichas de la Plaza Hipólito Bitrián (Mapcarta, Callejero.net) y del IES Sierra de San Quílez (Plaza Hipólito Bitrián, 1).

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