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Binéfar Blog Histórico con fotografías, noticias, historia, personajes, fiestas, cultura, deportes y curiosidades para aquellos que amamos nuestro pueblo. Bienvenido
Con motivo del 40 aniversario de la Constitución Española, el Ayuntamiento de Binéfar inauguró una exposición que rinde homenaje a más de un siglo de historia municipal a través de sus alcaldes. Esta muestra, titulada Binéfar, más de 100 años de alcaldía, puede actualmente visitarse en el hall del consistorio y ofrece una mirada profunda y emotiva sobre los protagonistas que han guiado el rumbo de la villa desde 1881 hasta la actualidad.
Una exposición con alma binefarense
La exposición fue impulsada por el alcalde Alfonso Adán, quien destacó en la inauguración que “la esencia de esta exposición es reflejar una parte de nuestra vida y memoria en un momento clave de la historia de nuestro pueblo”. Junto a él, el concejal de Cultura Juan Carlos García subrayó la importancia de acercar esta muestra a las nuevas generaciones para que conozcan a las personas que han configurado el Binéfar contemporáneo.
Las comisarias de la exposición, Sandra Casado (archivera municipal) y Silvia Isábal (miembro del Centro de Estudios Literanos, CELLIT), han realizado una labor minuciosa de recopilación documental y fotográfica. Gracias a su trabajo, se han conseguido imágenes de 22 de los 29 alcaldes que han ocupado el cargo desde Manuel Mur (1881–1883) hasta Patricia Rivera.
Paneles cronológicos: seis etapas de transformación
La muestra se organiza en seis paneles que abarcan periodos de 25 años, cada uno acompañado de fotografías, documentos y explicaciones sobre los logros sociales, económicos, culturales y deportivos de cada época. A continuación, se ofrece una síntesis de cada etapa, basada en los paneles expuestos en el Ayuntamiento:
Siglo XIX: 1874–1900
Binéfar logró su autonomía municipal tras siglos de dependencia de la Encomienda de San Juan. La Constitución de Cádiz de 1812 permitió la creación del Ayuntamiento Constitucional. Los alcaldes de esta época enfrentaron guerras, epidemias como el cólera de 1888, y promovieron infraestructuras como el ferrocarril (1861) y certámenes comerciales durante las fiestas de San Quílez. La población creció de 1.305 habitantes en 1845 a 4.100 en 1900.
1900–1925
La alcaldía binefarense impulsó la creación de la Junta de Defensa del Canal de Aragón y Cataluña (1900), y cedió terrenos para la Estación de Estudios de Aplicación del Riego (1909). Se modernizó el alumbrado (1910), llegó el agua potable (1917), se inauguró el matadero (1914), y se construyeron nuevas escuelas (1921). La villa se convirtió en centro comercial y de servicios, con ferias mensuales desde 1920.
1926–1950
Durante la dictadura de Primo de Rivera, se mejoraron servicios urbanos: alcantarillado, cementerio, alumbrado, fuentes, y se construyó una báscula municipal. En la Segunda República se inauguró el colegio público Bartolomé M. Casas (1934). Durante la Guerra Civil, el Comité Local de la CNT-FAI gestionó la villa. Con el franquismo, se reguló el orden público, se abrió la Avenida de Aragón y se construyeron nuevas escuelas y cines. Las calles cambiaron de nombre según el régimen político.
1951–1975
La posguerra dio paso a un crecimiento demográfico e industrial. Se construyeron las piscinas municipales, la Biblioteca (1953), el nuevo Ayuntamiento (1954), el Instituto de Enseñanzas Medias (1965), y la sede de la Comunidad General de Regantes (1970), inaugurada por el entonces príncipe Juan Carlos. Se urbanizaron calles, se mejoró el abastecimiento de agua, y se promovieron viviendas sociales (Padre Llanas, San José Artesano). También se inauguró la ermita de la Virgen del Romeral y el nuevo matadero.
1976–2000
Con la democracia, los ayuntamientos ganaron autonomía. Se eliminaron nombres franquistas y se remodelaron plazas (España, Mercado, La Litera). Nacieron las Escuelas de Música y Folclore, el Conservatorio, el Taller de Artes, y la Casa de la Cultura (1983). Se crearon los polideportivos Los Olmos y El Segalar, y se recuperaron los Carnavales. Binéfar se hermanó con Portet-sur-Garonne (1985), oficializó su bandera y escudo (2000), y se integró en la Mancomunidad de La Litera (1986).
2001–Actualidad
Se consolidaron el polígono industrial y la residencia de mayores (2003), la estación de autobuses (2005), y el aparcamiento de camiones. Se urbanizó El Perel, con viviendas sociales y la plaza Portet-sur-Garonne. Se inauguraron instalaciones deportivas (tatami fijo, pistas de tenis, parque de Los Olmos), y se creó el Consejo Escolar Municipal (2017). El antiguo matadero se convirtió en Centro Cultural y Juvenil (2008). Se promovieron eventos culturales como Imaginaria, Beatles Weekend, Ideal Jazz Festival, y se impulsó la sostenibilidad mediante presupuestos participativos y campañas medioambientales.
Protagonistas de la historia municipal
La exposición no solo muestra imágenes, sino también objetos simbólicos como el bastón de mando, el libro de firmas, cartas manuscritas de Benito Coll a Menéndez Pidal, ejemplares de La Voz de Binéfar, programas de fiestas, planos y documentos que reflejan la evolución de la villa.
Entre los alcaldes destacados en la muestra se encuentran:
Manuel Mur (1881–1883): primer alcalde documentado.
Benito Coll: figura relevante por su correspondencia con Menéndez Pidal.
Otros alcaldes cuya imagen ha sido recuperada gracias a las familias binefarenses, instituciones y fotógrafos como Ángel Ruata Sichar y Manuel Muranzón, han sido incluidos en los paneles bajo el título Últimos alcaldes documentados S.XIX. Las familias Adán Romeo, Solano Montanuy, Fillat Sin, Ibarz Nadal, y el Ayuntamiento de Binéfar han contribuido con retratos y documentos.
Una memoria viva para el futuro
Esta exposición no es solo una retrospectiva, sino una invitación a reflexionar sobre el papel de los líderes locales en la construcción de una comunidad. Cada alcalde, desde el siglo XIX hasta hoy, ha enfrentado retos únicos y ha dejado una huella en el desarrollo de Binéfar. La muestra permite entender cómo las decisiones municipales han influido en la vida cotidiana, en la infraestructura, en la cultura y en el espíritu de la villa.
La historia de Binéfar, contada a través de sus alcaldes, es también la historia de sus vecinos, de sus luchas, sus celebraciones y sus aspiraciones. Esta exposición, abierta hasta el 25 de diciembre, es una oportunidad para redescubrir el pasado y proyectar el futuro con memoria, identidad y orgullo.
Visítala en el hall del Ayuntamiento de Binéfar.
Binéfar, más de 100 años de alcaldía es una muestra que nos recuerda que detrás de cada decisión municipal hay una historia, una persona, y una comunidad que evoluciona. Una exposición que honra el pasado y fortalece el presente.
La imagen de hoy nos la envía Salomé Nolla, que ya nos ha enviado otras fotografías y documentos y basta detenerse unos segundos para que empiecen a aparecer recuerdos, referencias y un inevitable viaje atrás en el tiempo.
Se trata de un cupón de la ONCE fechado el 18 de agosto de 2008, dedicado a Binéfar, bajo el lema “Binéfar. Espíritu Emprendedor”. Un lema que, visto con perspectiva, no iba nada desencaminado. En aquel momento, el municipio rondaba los 9.100 habitantes, una cifra que hablaba de crecimiento, de movimiento y de una localidad que miraba hacia delante sin complejos. La imagen elegida —una zona urbana reconocible, limpia, ordenada— buscaba transmitir precisamente eso: modernidad, dinamismo y proyección.
El cupón, con su precio de 1,50 euros, no deja de ser un objeto cotidiano, de esos que se compran casi sin pensar. Pero con el paso de los años se convierte en documento. En una pequeña cápsula del tiempo. Ahí está el escudo, la referencia a Aragón, los datos fríos (superficie, población), y también lo simbólico: la presencia de Binéfar en un soporte que circuló por toda España, llevando su nombre y capitalidad mucho más allá de la Litera.
Este tipo de piezas nos recuerdan una época concreta: los años previos a la gran crisis, cuando aún se hablaba con naturalidad de crecimiento, emprendimiento y futuro. Cuando las palabras no pesaban tanto como ahora. Cuando los cupones se guardaban a veces por superstición, a veces por costumbre, y otras —como en este caso— porque alguien tuvo el acierto de conservarlos.
Gracias a Salomé por compartir esta imagen, que no es solo un cupón, sino un pequeño fragmento de la historia reciente de Binéfar. Porque al final, la memoria de un pueblo también se construye con estos detalles: papeles, fechas, lemas y miradas que, años después, cobran un nuevo sentido.
Si alguien más guarda cupones, programas, entradas o documentos donde aparezca Binéfar, ya sabe: aquí siempre tienen sitio.
No todos los días Binéfar se cuela en las páginas de una revista satírica nacional, y menos aún convertido en escenario de un cómic que no deja títere con cabeza. Pero eso fue exactamente lo que ocurrió cuando El Jueves publicó aquel cómic firmado por Carlos Azagra, uno de los grandes nombres del humor gráfico español, creador junto a Encarna Revuelta de los inolvidables Pedro Pico y Pico Vena. Sí, esos punkis de barrio que llevan décadas riéndose de todo lo que se mueve… y de lo que no.
El cómic, ambientado en Binéfar, no es una postal turística ni falta que le hace. Azagra no viene a vender el pueblo, viene a retratarlo con bisturí, exagerando defectos, sacando a pasear tópicos y señalando contradicciones con esa mezcla de mala leche y cariño que solo tienen los buenos humoristas. Porque si algo queda claro es que aquí no hay desprecio: hay conocimiento del terreno y ganas de provocar reflexión a base de carcajada.
La historia nos presenta un Binéfar reconocible y deformado a la vez: calles, bares, personajes y situaciones que cualquiera que haya pasado media vida en el pueblo puede identificar, aunque aparezcan pasados por el filtro punk de Azagra. El cómic habla de aburrimiento, de rutina, de choque generacional, de juventud con ganas de marcha y de adultos que miran con recelo cualquier cosa que se salga del carril. Vamos, que no habla solo de Binéfar: habla de cualquier pueblo, y ahí está la clave de que funcione tan bien.
Como suele pasar con la sátira, hubo quien se rió a gusto y quien frunció el ceño. Señal inequívoca de que el trabajo estaba bien hecho. El humor de El Jueves nunca ha sido cómodo ni busca gustar a todo el mundo. Azagra dispara a discreción: contra el poder, contra la moral oficial, contra la hipocresía y contra esa tendencia tan nuestra a tomarnos demasiado en serio. Y Binéfar, por una vez, fue el espejo donde mirarse.
Conviene recordar quién estaba detrás de esas viñetas. Carlos Azagra, aragonés de nacimiento, es una figura clave del cómic underground y satírico desde finales de los años 70. Su estilo directo, su trazo inconfundible y su compromiso político y social han marcado generaciones de lectores. Pedro Pico y Pico Vena no solo eran personajes: eran una forma de entender el mundo, desde abajo, desde los márgenes y desde la risa como arma cargada de futuro.
La publicación del cómic no fue un hecho aislado. Azagra estuvo invitado a las Jornadas de la Juventud de Binéfar, unas jornadas culturales que apostaron fuerte por el humor, el cómic y la reflexión crítica. Charlas, exposiciones, actuaciones y encuentros en los que la risa no estaba reñida con pensar. En ese contexto, la presencia de Azagra y la aparición del cómic encajaban como un guante: cultura popular, irreverente y accesible, justo lo que muchas veces se echa en falta.
Que un autor de este calibre pasara por Binéfar y lo convirtiera en materia prima para su obra dice mucho más en positivo que en negativo. Significa que el pueblo existe, que genera historias y que puede soportar una mirada crítica sin venirse abajo. Porque la sátira no destruye: pone el foco. Y a veces mirarse en un espejo deformante es más útil que mil discursos solemnes.
Años después, aquel cómic sigue teniendo gracia y sigue incomodando un poco, que es exactamente lo que debe hacer el buen humor. Nos recuerda cómo éramos, cómo nos veían y, sobre todo, que reírse de uno mismo es una magnífica forma de madurar como comunidad. Binéfar salió en El Jueves, sí. Y no quedó tan mal parado. Al menos salió vivo, que no es poco.
En diciembre de 1988 se presentaba en el Ayuntamiento de Binéfar el mural “La máquina del tiempo” de Javier Puértolas. "No siempre es el pintor quien decide, que a veces es el muro el que toma la palabra. Y conviene escucharlo."
El artículo de prensa que recogía aquella presentación pública lo dejaba claro desde el titular: el mural determinará su pintura. No es una frase de postureo artístico; es casi una declaración de principios. Puértolas, con una trayectoria larga y sólida, reconocía algo que solo admiten los que ya no tienen nada que demostrar: que el espacio, el entorno y la función pública de la obra cambian la forma de pintar. Pintar en la calle no es lo mismo que hacerlo en el estudio, y pretender lo contrario suele acabar mal.
“La máquina del tiempo”, instalada en el salón de plenos, no nace como una obra cerrada, sino como una pieza abierta al diálogo. Con el edificio, con la institución, con la ciudadanía. El propio autor explicaba que su intención no era ilustrar una idea preconcebida, sino dejar que el lugar actuara como catalizador. El resultado no es una imagen complaciente ni un mural decorativo; es una obra que interpela, que se toma su tiempo —ironías aparte— y que pide al espectador algo más que un vistazo rápido.
Y sí, puede que el muro mande. Pero cuando lo hace así, conviene obedecer.
Quien siga este blog sabe que esta no es la primera parada de Puértolas en Binéfar. Ya en 2017, en la entrada “La máquina del tiempo de Javier Puértolas”: https://debinefar.blogspot.com/2017/04/la-maquina-del-tiempo-de-javier.html, se analizaba el proyecto con detalle, contextualizándolo dentro de su trayectoria y subrayando una idea clave: la pintura como proceso, no como producto inmediato. Allí se hablaba de capas, de memoria, de tiempo acumulado. El mural actual no hace sino confirmar aquella línea de trabajo, llevándola a un espacio institucional donde el tiempo —político, social, histórico— pesa todavía más.
Dos años después, en “Binéfar – Javier Puértolas”: https://debinefar.blogspot.com/2019/02/binefar-javier-puertolas.html, el blog volvía sobre esa relación entre el artista y la ciudad, insistiendo en algo que ahora cobra pleno sentido: la normalidad con la que Binéfar ha incorporado el arte contemporáneo a su paisaje cotidiano. No como algo excepcional o elitista, sino como parte de su identidad cultural. Que un mural de estas características se ubique en el salón de plenos no es un detalle menor: es una toma de posición.
El artículo de prensa recoge también las dudas, las preguntas y hasta las incomodidades que puede generar una obra así. Puértolas no promete unanimidad. Sabe que habrá quien no conecte con la pieza, quien la encuentre exigente o incluso desconcertante. Pero ahí está precisamente su valor. Como él mismo apunta, una obra pública no tiene por qué gustar a todo el mundo, pero sí debe invitar a pensar, a volver, a mirarla de nuevo. A darle tiempo. Como al buen vino. O a la buena pintura.
Hay además un aspecto que conviene subrayar: la honestidad del discurso. Puértolas habla sin grandilocuencias, sin esconderse tras teorías huecas. Reconoce que el mural le ha obligado a replantearse su forma de trabajar, que el formato y el contexto pesan, que no todo está bajo control. En tiempos de certezas prefabricadas, esa actitud es casi revolucionaria.
“La máquina del tiempo” no explica el pasado ni predice el futuro. Lo que hace es activar el presente, recordarnos que la pintura sigue siendo un lenguaje vivo, capaz de adaptarse, de resistir y de dialogar con espacios que no siempre se lo ponen fácil. Y que una ciudad que permite —y defiende— ese diálogo está, sin duda, un paso por delante.
Desde el blog Debinefar no queda más que insistir en la invitación: lean el artículo, revisiten las entradas anteriores del blog y, sobre todo, acérquense al mural. Mírenlo con calma. Vuelvan otro día. Cambien de punto de vista. Porque si algo nos enseña “La máquina del tiempo” es que el arte, como la historia, no se entiende a la primera. Y que dejarse llevar, a veces, es la mejor forma de avanzar.
Y sí, puede que el muro mande. Pero cuando lo hace así, conviene obedecer.