Cortometraje sobre el cine en Binéfar para la inauguración del cine el 19 de febrero de 2017, realizado por Ayuntamiento de Binéfar
La tradición del cine en Binéfar: memoria, cultura y futuro
El Corto de Inauguración del Cine Binéfar, presentado el 19 de febrero de 2019, es mucho más que una pieza audiovisual conmemorativa. Es un ejercicio de memoria colectiva que repasa la profunda relación entre Binéfar y el cine, una relación que ha marcado generaciones, hábitos sociales y la vida cultural del municipio. A través del testimonio en primera persona, el vídeo recorre desde los orígenes más rudimentarios del cine en el pueblo hasta la reflexión sobre su importancia cultural y social en la actualidad.
Los primeros pasos del cine en Binéfar
El relato comienza con una imagen casi artesanal del nacimiento del cine en Binéfar. En las décadas de 1920 y 1930, cuando la tecnología era limitada y la curiosidad inmensa, se realizaron las primeras proyecciones de forma improvisada. Una máquina de proyección se bajaba desde un piso superior hasta un café, se colocaba una sábana en plena acera —en la zona donde estaba el trepullol— y la proyección se orientaba hacia la calle para que el público pudiera verla.
Aquellas sesiones, duras en lo técnico pero pioneras en lo cultural, congregaban a mucha gente. El cine, incluso en sus formas más precarias, ya era un espectáculo de masas. Llegó a haber hasta cuatro espacios de proyección en el municipio si se cuenta el frontón, lo que da una idea clara de la temprana implantación del cine en la vida local.
Las salas emblemáticas: Romea, La Paz y California
Con el paso del tiempo, el cine se consolidó en salas estables. Cuando el narrador comenzó a frecuentar el cine, Binéfar contaba con dos salas principales: el Romea y La Paz. Posteriormente se instaló el Cine California, un edificio antiguo que, sin embargo, resultaba espectacular para la época.
Durante un tiempo, Binéfar llegó a tener tres cines en funcionamiento simultáneo, algo excepcional para una población de su tamaño. Estos cines atraían a espectadores de numerosos pueblos de alrededor, ya que en muchas localidades vecinas las salas eran antiguas, mientras que las de Binéfar eran relativamente nuevas, con pantallas más grandes y mejores condiciones de proyección.
Un fenómeno social y popular
Las salas estaban siempre llenas, absolutamente llenas. Para conseguir una buena localidad era necesario estar abonado, lo que garantizaba tener siempre las mismas entradas. Si una película no interesaba, esas entradas incluso podían venderse a otras personas. El cine formaba parte del día a día y movía a toda la población.
El entusiasmo por el cine atravesaba todas las capas sociales: jóvenes, mayores, familias enteras. En una época en la que las opciones de ocio eran limitadas —básicamente cine, bares y baile—, ir al cine era un acontecimiento social. Se acudía en cuadrilla, y más adelante, cuando llegaban los primeros noviazgos, las parejas iban juntas, reforzando el cine como espacio de encuentro y convivencia.
Tradición, rutina y vida cotidiana
Más allá del espectáculo, el cine era tradición. Existía un ritual semanal profundamente arraigado, especialmente en la generación de los padres y abuelos: ir a misa, ir al cine —muchos estaban abonados— y después acudir al baile. Para ellos, el cine era una cita ineludible de cada domingo.
El testimonio personal refuerza esta idea: gastar la propina del fin de semana en el cine de La Paz era lo habitual. Se iba de todas las maneras posibles: con amigos, con los padres o incluso solo. El recuerdo incluye detalles muy concretos y humanos: la bolsa de chucherías, la taquillera —cariñosa, cercana, casi maternal— y la sensación de entrar en un espacio familiar.
El cine como experiencia completa
La experiencia no terminaba en la pantalla. El vestíbulo del cine, con carteles de películas de hacía muchos años, la entrada que conducía a la cafetería y las largas colas en el único puesto de palomitas, chucherías y bebidas formaban parte del ritual.
Hoy, la percepción ha cambiado. Ir al cine se ha convertido, en muchos casos, en una actividad rápida: pasar un rato y poco más. Antes, sin embargo, ir al cine era algo especial, distinto, casi solemne. Esa familiaridad y ese carácter excepcional son aspectos que se echan profundamente de menos.
Un patrimonio cultural pionero
La desaparición del cine en una localidad con tanta tradición se percibe como una auténtica pérdida. Binéfar no solo tuvo una relación intensa con el cine, sino también pionera. En los años 30 ya contaba con dos salas que proyectaban películas en color, algo muy poco habitual en el resto de España en aquel momento.
Haber llegado a tener tres cines de gran importancia y quedarse sin ninguno supone un vacío cultural difícil de justificar desde la perspectiva histórica y social.
Cine, servicio cultural y futuro
La reflexión final mira al presente y al futuro. Sin cine, muchos jóvenes no saben qué hacer en el pueblo, y las personas mayores no siempre pueden desplazarse a localidades como Lérida o Monzón, especialmente quienes ya no salen con facilidad.
Aunque se reconoce que económicamente un cine puede no ser rentable, se subraya su valor como servicio cultural. El cine influye, educa y amplía horizontes. A través de las historias que muestra, permite vivir experiencias ajenas, imaginar otros mundos y, especialmente en la infancia, soñar. ¿Quién no salió alguna vez de una película de superhéroes creyendo que también tenía un superpoder?
Traer cine es traer cultura. Y Binéfar, por su historia, su tradición y su identidad, sigue necesitando ese impulso cultural que durante décadas definió su vida social. Porque el cine no fue solo entretenimiento: fue comunidad, costumbre y memoria compartida.











