Entre los muchos documentos que nos permiten asomarnos al pulso de la Binéfar de finales del XIX, pocos resultan tan expresivos como la Carta de Binéfar publicada en el Diario de Huesca el 17 de enero de 1888. No es una simple nota periodística: es un retrato vivo de un pueblo que, tras años de incertidumbre, veía por fin encarrilada —nunca mejor dicho— la gran esperanza hidráulica de la comarca.
Quien haya seguido en este blog las entradas dedicadas al Canal de Aragón y Cataluña —con numerosas entradas sobre el Canal de Aragón y Cataluña”— reconocerá enseguida el tono de la época: mezcla de alivio, entusiasmo y una pizca de épica local. Y es que, como tantas veces hemos comentado, el canal no era solo una infraestructura; era una promesa de futuro para una tierra castigada por la sequía y la irregularidad de las cosechas y en Binéfar tomó fuerza y cuerpo: se convirtió en realidad.
La carta arranca con una afirmación rotunda: el vecindario de Binéfar se muestra “profundamente reconocido” a quienes han apoyado la causa del canal, especialmente en los momentos de “penurias y desconsuelos”. No cuesta imaginar la escena: agricultores, comerciantes y propietarios siguiendo con ansiedad cada noticia que llegaba desde Madrid, temiendo que el proyecto volviera a encallarse en los despachos ministeriales.
Pero esta vez no. Esta vez el expediente avanzaba, y el pueblo quiso demostrar su gratitud de forma pública y solemne. El Ayuntamiento y los mayores contribuyentes —una fórmula muy de la época— aprobaron tres acuerdos que hoy nos resultan tan simbólicos como reveladores.
El primero: nombrar hijos adoptivos de Binéfar a Félix Coll Moncasi, Salvador Bayona y Mariano de Pano, tres figuras clave en las gestiones del canal. No era un gesto menor: significaba elevarlos a la categoría de benefactores del pueblo, algo que en aquellos años tenía un peso social considerable.
El segundo acuerdo nos habla del urbanismo sentimental de la época: bautizar las dos plazas de la villa como “Ruata” y “Sagasta”, y dedicar el paseo hacia la estación al mismísimo Castelar. Una geografía política en miniatura, que convertía el callejero en un mapa de agradecimientos.
El tercero: expresar gratitud a todos los que habían contribuido, directa o indirectamente, a que el canal siguiera adelante. Una forma elegante de incluir a quienes no aparecían en los titulares pero sí en las reuniones, viajes y cartas que movían los hilos.
| Canal y Sierra San Quílez en Binéfar |
La segunda parte de la crónica es casi costumbrista: visitas, comitivas, saludos cruzados entre Binéfar, Tamarite, Alcampell y Explús. Una coreografía de cortesías que hoy nos puede parecer excesiva, pero que entonces era parte esencial de la política local. Y, entre líneas, late una idea que todavía resuena: la unión del territorio en torno a un proyecto común.
La carta concluye con un elogio al gobierno liberal de Sagasta por atender los “hasta hace poco abandonados intereses de la región aragonesa”. Una frase que podría haber firmado cualquier editorial de la época… o de hoy.
En definitiva, este documento no solo nos habla del canal: nos habla de cómo un pueblo se reconoce en sus luchas y en quienes las encarnan. Y, como tantas veces vemos en este blog, la historia de Binéfar es también la historia de su capacidad para organizarse, agradecer y persistir.
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Fuente: Diario del Altoaragón














