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domingo, 18 de enero de 2026

La máquina del tiempo, de Javier Puértolas (3)

En diciembre de 1988 se presentaba en el Ayuntamiento de Binéfar el mural “La máquina del tiempo”  de Javier Puértolas. "No siempre es el pintor quien decide, que a veces es el muro el que toma la palabra. Y conviene escucharlo."

El artículo de prensa que recogía aquella presentación pública lo dejaba claro desde el titular: el mural determinará su pintura. No es una frase de postureo artístico; es casi una declaración de principios. Puértolas, con una trayectoria larga y sólida, reconocía algo que solo admiten los que ya no tienen nada que demostrar: que el espacio, el entorno y la función pública de la obra cambian la forma de pintar. Pintar en la calle no es lo mismo que hacerlo en el estudio, y pretender lo contrario suele acabar mal.



La máquina del tiempo”, instalada en el salón de plenos, no nace como una obra cerrada, sino como una pieza abierta al diálogo. Con el edificio, con la institución, con la ciudadanía. El propio autor explicaba que su intención no era ilustrar una idea preconcebida, sino dejar que el lugar actuara como catalizador. El resultado no es una imagen complaciente ni un mural decorativo; es una obra que interpela, que se toma su tiempo —ironías aparte— y que pide al espectador algo más que un vistazo rápido.

Y sí, puede que el muro mande. Pero cuando lo hace así, conviene obedecer.

Máquina del tiempo de Javier Puértolas

Quien siga este blog sabe que esta no es la primera parada de Puértolas en Binéfar. Ya en 2017, en la entrada “La máquina del tiempo de Javier Puértolas”: https://debinefar.blogspot.com/2017/04/la-maquina-del-tiempo-de-javier.html, se analizaba el proyecto con detalle, contextualizándolo dentro de su trayectoria y subrayando una idea clave: la pintura como proceso, no como producto inmediato. Allí se hablaba de capas, de memoria, de tiempo acumulado. El mural actual no hace sino confirmar aquella línea de trabajo, llevándola a un espacio institucional donde el tiempo —político, social, histórico— pesa todavía más.

Dos años después, en “Binéfar – Javier Puértolas”: https://debinefar.blogspot.com/2019/02/binefar-javier-puertolas.html, el blog volvía sobre esa relación entre el artista y la ciudad, insistiendo en algo que ahora cobra pleno sentido: la normalidad con la que Binéfar ha incorporado el arte contemporáneo a su paisaje cotidiano. No como algo excepcional o elitista, sino como parte de su identidad cultural. Que un mural de estas características se ubique en el salón de plenos no es un detalle menor: es una toma de posición.

El artículo de prensa recoge también las dudas, las preguntas y hasta las incomodidades que puede generar una obra así. Puértolas no promete unanimidad. Sabe que habrá quien no conecte con la pieza, quien la encuentre exigente o incluso desconcertante. Pero ahí está precisamente su valor. Como él mismo apunta, una obra pública no tiene por qué gustar a todo el mundo, pero sí debe invitar a pensar, a volver, a mirarla de nuevo. A darle tiempo. Como al buen vino. O a la buena pintura.

Hay además un aspecto que conviene subrayar: la honestidad del discurso. Puértolas habla sin grandilocuencias, sin esconderse tras teorías huecas. Reconoce que el mural le ha obligado a replantearse su forma de trabajar, que el formato y el contexto pesan, que no todo está bajo control. En tiempos de certezas prefabricadas, esa actitud es casi revolucionaria.

“La máquina del tiempo” no explica el pasado ni predice el futuro. Lo que hace es activar el presente, recordarnos que la pintura sigue siendo un lenguaje vivo, capaz de adaptarse, de resistir y de dialogar con espacios que no siempre se lo ponen fácil. Y que una ciudad que permite —y defiende— ese diálogo está, sin duda, un paso por delante.

Desde el blog Debinefar no queda más que insistir en la invitación: lean el artículo, revisiten las entradas anteriores del blog y, sobre todo, acérquense al mural. Mírenlo con calma. Vuelvan otro día. Cambien de punto de vista. Porque si algo nos enseña “La máquina del tiempo” es que el arte, como la historia, no se entiende a la primera. Y que dejarse llevar, a veces, es la mejor forma de avanzar.

Y sí, puede que el muro mande. Pero cuando lo hace así, conviene obedecer.

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Fuente: La Voz de Binéfar diciembre 1988 


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